Sección 2: F
El soldado se pliega sobre sí, hasta notar en el pene el aliento que brota de su propia boca. Con un último avance de la cabeza, acoge el pene erecto entre las mandíbulas; cuna suave, caliente y húmeda. La lengua se pone juguetona, el sabor sorprendentemente le resulta familiar, el grosor parece mayor del real. Mayor que desde el punto de vista de la mano. Mueve la cabeza hacia delante y atrás, acariciando con los labios prietos el largo del cuerpo carnoso desde la velluda base hasta el capullo y viceversa, y otra vez y otra. Parece tan fácil, cómo no lo habrá probado antes, se pregunta.
»Cuando el soldado abre los ojos, tiene delante de sí un falo bastante grande. Ese no puede ser su propio pene, piensa. Su propio pene, lo comprueba, está allí abajo, donde siempre, entre sus piernas, junto a un personaje religioso que limpia los restos de semen como una aspiradora. El falo que tiene delante de sí, que ya vuelve al interior del pantalón militar, es el del coronel, quien ya se ha corrido en la cara del soldado, y sonríe y pide silencio llevando el dedo índice a formar una cruz con su boca. El cura, ya satisfecho con su agresiva panza, se levanta del suelo, y ambos, cura y coronel, se quedan un segundo eterno allí en pie, mirando al soldado estupefacto, luego se marchan sin decir ni mu. El soldado se pregunta si aquella última mirada es una amenaza o una misiva de amor; y no sabe cuál opción es peor.
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Fragmento extraído de El Ejército no es para mujeres. Historias ficticias basadas en experiencias propias y/o de compañeros, de José María Alegre Valldeflors.[1]
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