Un extraño sujeto en París
Ahora mismo y desde hace casi un mes resido en Madrid, en una habitación alquilada que puede considerarse la sede de mi investigación. La mayor parte del tiempo estoy aquí o en alguna biblioteca. Pero puesto que no toda la información necesaria se encuentra en esta ciudad, muy a menudo tengo que viajar a Barcelona, París e Inglaterra (Londres, Oxford y Manchester).
Hay otras ciudades en mi punto de mira como Berlín, Roma, Otívar, Florencia y Nueva York. Y otras ciudades que voy a dejar de visitar: Manchester y París. Motivos para dejar de ir a Manchester los tengo aunque no muy claros; en cuanto a París, el motivo por el que no quiero ir es bastante claro: mi francés es pésimo. Sin embargo, no descarto una visita de ocio cuando acabe con mi trabajo, París ofrece grandes posibilidades y es una ciudad llena de sorpresas y detalles mágicos. ¿Sorpresas y detalles mágicos? Bueno, los detalles puedes no captarlos si vives en la superficialidad, y en cuanto a las sorpresas, no siempre son agradables o siquiera clasificables. A mí particularmente en París siempre me ocurren cosas raras, que no dejan de ser interesantes, pero interesante al modo de una película de David Lynch: mejor verlo en pantalla que vivirlo en las carnes.
La última vez que estuve en París, salí del aeropuerto de Beauvais corriendo, suerte que no tenía equipaje más que el de mano, y llegué a tiempo para asistir al Cabaret Mystique de Alejandro Jodorowsky.
Allí, entre la variedad de asistentes, y las palabras ininteligibles de Jodorowsky rebotando en mi cabeza como música ambiental, advertí la presencia de un joven barbudo que advirtió mi presencia, ambos íbamos solos y ninguno de los dos olía a parisino. Sin embargo, ninguno de los dos se dirigió al otro al término de la sesión.
Esa noche, en una pensión barata, la escena del Cabaret Místico se repitió en mis sueños. El joven barbudo me miraba y trataba de traducirme telepáticamente las palabras francesas de Jodorowsky, yo intenté decirle telepáticamente que no se preocupara, que prestara atención. Era una situación muy incómoda, Jodorowsky decía «por favor, prezten atenzión» con entonación de chileno cansado, pero el joven seguía intentando comunicarse conmigo con la mirada. Yo tenía un cuaderno en mis manos y tomaba apuntes, recuerdo que en cierto momento quise pasar página, pero mis manos estaban muy sudorosas y la tinta de mis apuntes se corrió, una gota de sudor de mi frente cayó sobre mis anotaciones, y el círculo de humedad traspasó varias hojas. El joven barbudo se acercó a Jodorowsky y lo apuñaló en el cuello, un chorro rojo empezó a brotar y todo el mundo aplaudió en gran júbilo mientras el herido gritaba como un cerdo. Yo supuse que si entendiera francés entendería por qué estaban aplaudiendo. Uno de ellos colocó un cubo en el suelo que se fue llenando con la sangre de Alejandro. Los gritos me despertaron. Unos vecinos discutían a voces.
Después de desayunar me fui a la Biblioteca Mazarine. Allí me topé otra vez con el barbudo. La sorpresa de la casualidad me hizo recordar el sueño de la noche, y rodeó al personaje de un halo de misterio. Estudié sus movimientos disimuladamente y con un interés que quise reprimir de vez en cuando concentrándome en las páginas que tenía ante mi. Ahora sí me parecía parisino, like Peter at home. Esta vez él no advirtió mi presencia, o al menos yo no advertí que la advirtiera, pero cuando vi que se disponía a marcharse, yo también me puse a preparar todo, con la intención, —no estaba seguro— de abordarle a la salida o de seguirle hasta ver dónde iba.
A pesar de mis prisas, él consiguió salir un par de minutos antes que yo. Temí perderle la pista por un momento, pero cuando salí, estaba ahí esperándome.
— Permítame presentarme, —dijo en un inglés muy elegante— mi nombre es Daniel Jospin. —Ahora que lo veía de cerca me di cuenta de que era muy joven. Su voz, sin embargo, tenía la misma textura noble y salvaje de su barba.— Conozco tu trabajo, sé qué tipo de información estás buscando, y creo que yo podría ayudarte.
— Ehh… Gracias. —No supe qué decirle— Bonita corbata.
— Gracias. Tengo documentos de mi padre que nunca han sido publicados. No sé si es filosofía, literatura o pornografía, pero estoy seguro de que ha llegado el momento de dárselos a alguien. No puedo esperar más.
— ¿Documentos de tu padre?
— Sí, me los envió en secreto en 2004, poco antes de morir. Mi madre ignora este asunto. Yo no puedo publicarlos, no te lo puedo explicar ahora, estamos en peligro, toma, esta es mi dirección. Ven después de la cena.
Era un trozo de papel: «Daniel Derrida» decía, y su dirección que no recuerdo ahora, pero que era alguna bocacalle de la Rue de Belleville.
Después de comer porquerías tumbado en la cama de la pensión, —mirando en mis planos qué línea de metro debía coger, y luego qué calle tomar una vez saliera del subsuelo— salí, compré una botella de vino y paré un taxi.
Era un edificio bastante nuevo comparado al resto de los edificios de la zona. Clase media-alta, diría. Vacilé un momento antes de pulsar «3 B» en el panel, porque no supe qué iba a decirle cuándo me preguntara «¿quién es?» ¿A caso sabía él mi nombre?
— Aló?
— It’s Señor Ambrosio.
— Aló?
— Ehm…Je suis… We met at Bibliothèque Mazarine, you know…
— Pardon?
— The autofellatio guy.
— Sure, sure, come on in!
El zumbido que desbloquea la puerta. Subo las escaleras blancas imaginando que alguien espía el eco de mis pasos. Me espera con la puerta abierta. Siéntate, siéntate. Pongo el vino sobre la mesa pero no parece importarle, está pensativo, preocupado, tiene prisa pero quiere que todo salga bien, se mueve de un lado a otro y ordena los pensamientos, gesticula con las manos, habla consigo mismo en murmullos, va a coger algo, se dirige a algún sitio, pero se arrepiente y cambia de dirección bruscamente.
— No es tan fácil. —empezó con su refinado inglés británico— Pero si sigo dándole vueltas al asunto me convertiré en un Hamlet muerto. «Duda cuanto quieras pero no dejes de actuar», ¿quién dijo eso? Creo que fue un compatriota tuyo. ¿Pío Baroja? ¿Buero Vallejo? Eso es, debo actuar aun sin estar seguro de qué es lo correcto.
— ¿De qué tienes miedo? ¿Corro yo algún peligro?
— Claro. ¿Ya sabes quién es mi padrastro no?
— No. — Por un momento temí que me hubiera confundido con otra persona. Supuse que me había perdido algún detalle clave en todo esto.
— Te dije que me llamaba Daniel Jospin. Luego Daniel Derrida. Se supone que con eso ya debías llegar a saber mi identidad. En realidad yo me considero Daniel Agacinski.
— Derrida me suena, pero no sé… No sé quién eres. — «Qué coño hago yo en la casa de alguien que no conozco? Espero que no me llame mi madre ahora», tanteé en el bolsillo para ver si había traído el móvil conmigo. Sí.
— Agacinski es el apellido de mi madre. La adoro, aunque le han lavado el cerebro. Mi padrastro es Lionel Jospin, este es el tipo peligroso, seguramente te suena porque fue primer ministro de Francia. En cuanto a mi padre de sangre, el que escribió con Michel Foucault estos textos que voy a pasarte, era el filósofo Jacques Derrida que en paz descanse
Salió de la habitación y reapareció inmediatamente con una carpeta azul de gomillas.
—Vale, toma, no se hable más. —Me dio la carpeta— Tienes que irte ya. ¡No… Espera! —Inspeccionó la botella de vino— ¿Te apetece un poco de absenta?
Ahora empezábamos a entendernos.
Cuando volvió a la sala, puso la botella de absenta en la mesa. En la otra mano llevaba dos copas muy finas y brillantes. Cogió una en cada mano y se acercó a un espejo, frente al espejo levantó las dos copas al cielo, adoptó una posición de jinete y lanzó al aire un grito de guerra o de gallo. A mi lo que me pareció es que iba a matarme, y que ese era su ritual para desconcertar a sus víctimas. Las encontraba por casualidad, averiguaba algo de ellas, las invitaba a su casa, les suministraba absenta, y posteriormente las mataba, y a veces, las sodomizaba post mórtem.
Puso las copas en la mesa con tanta fuerza que una de ellas se quebró. Se quedó paralizado mirando la copa, lentamente dejó la otra, y arrimó las dos manos a la siniestrada, con cara de pena y unos ojos brillosos, recogió los trocitos de cristal acunándolos en su afeminada mano.
— Oohhh, nooo. Pobrecitooo. Yo no quería hacerlo. Daniel malo. Daniel muy malo. — Parece que tenía en la mano a un hámster malherido en lugar de una copa de cristal rota.
Cuando se fue a por otra copa vi el momento de marcharme, agarré la carpeta, mi chaqueta y la botella de vino y corrí. Por las escaleras di un traspié y la botella de vino se cayó, rodó hasta el filo de la escalera y se precipitó hasta estallar en el primer suelo. Cuando bajé hasta pasar por el segundo cadáver vidrioso del día, el líquido rojizo, esclarecido al esparcirse, me trajo a la memoria la sangre de Alejandro Jodorowsky. En el taxi, ya más tranquilo con el corazón recuperando su ritmo normal, imaginé que ese Daniel había querido matarme, que el sueño me había avisado tener cuidado con ese personaje, y que al escapar de mi destino fatal, la botella de tinto pagó por mí. Poético.
Busqué en Wikipedia y efectivamente el filósofo Jacques Derrida tenía amistad con Foucault, tuvo un hijo llamado Daniel con una Sylviane Agacinski, sin embargo fue criado por el Jospin ese.
Después de revisar los manuscritos, el diagnóstico: 1) Me son útiles para la investigación; 2) están escritos casi indudablemente por Michel Foucault, aunque no sé si son inéditos. También hay cinco folios escritos supuestamente por Derrida, en los que describe su amistad con Foucault.
En cuanto al joven barbudo, no sé si se trata realmente del hijo ilegítimo del filósofo. Personalmente no creo que el hijo de Lionel Jospin —de quien al fin y al cabo es hijo realmente, aunque no de sangre— ande por ahí en barbas, y viva solo en un edificio de burgueses, bebiendo absenta e invitando a extraños. Aunque bien pensado, quizá sea posible, al fin y al cabo el chico es ya mayor de edad. En realidad aparentaba unos 25 años.
Bueno, quiero pensar que no corro ningún peligro. Seguramente Daniel no es quien dice ser. No conoció a su padre de sangre, ni siquiera sabe cómo se llama, lo único que sabe de él es que era un portugués que dejó a su madre preñada en una noche de borrachera, y al dia siguiente montó en su camión y siguió su camino. Sin embargo Daniel tuvo una infancia feliz con su madre y su padrastro, lo malo empezó cuando el padrastro empezó a ser poseído por el alcohol. Poco a poco se convirtió en un demonio. El mal se hizo con el control del hogar, y neutralizó a mamá. El chico, cuando estaba a punto de huir del hogar, se fue a la Universidad. En la biblioteca, donde encontró un puesto de ayudante, solía pasar la mayor parte del tiempo, siempre con libros o navegando Internet. Un día, seguramente gugló su propio nombre y algo más, y dio con la figura de Daniel, el hijo de Sylviane Agacinski, y posteriormente, en algún momento, en su imparable huida de la realidad, él empezó a creerse ese Daniel. Cuando se enteró de que Jacques Derrida había sido hospitalizado con cáncer de páncreas, no pudo perder la oportunidad y fue a verle. De su padre el camionero no tenía ninguna pista, sin embargo el filósofo estaba vivo, estaba en París, y estaba en una situación delicada y vulnerable, la cual le daba más confianza a Daniel para arrimarse y tener una charla con él. Hablaron poco, Jacques sabía que ese no era su hijo, pero sin embargo, le cayó bien, le siguió la corriente, le gustó más éste que su verdadero hijo. Jacques adoró esa realidad, quién era realmente el individuo no importaba, había amor en él. Todo esto me recuerda a aquella cita de Foucault, «No me pregunten quién soy ni me pidan que siga siendo el mismo». Seguramente Derrida también pensó en Foucault en ese momento, y decidió dar la custodia de los manuscritos a Daniel.
Tags: parís coincidencias relatos sueños misterios
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I searched for this "Daniel Agacinski" on the web, and I found out that he also worked with Yasmina Reza, for the directing of her last play...
Did he tell you something about it?
Not quite sure thats the same person, but could be. Unfortunately he didnt mention anything about his work, we didnt have the chance to talk about ourselves, most likely because of a tacit agreement.
Keep me posted.