Caminante sonriente. Dos párrafos solo.
Si ven por Madrid a un tipo que camina sonriendo, quizás sea yo. No ocurre siempre, pero sí con cierta frecuencia, que a pesar de todo puedo encontrar divertido, simpático o agradable cualquier tontería, y créanme que la calle está llena de tonterías, y cada una es un ser vivo que encierra en sí una belleza descomunal que, como el genio de la lámpara que sólo sale al frotar, esta sólo se sale de su prisión detonada por la actitud del caminante. Un acento extranjero, un rótulo con faltas de ortografía, una mujer que va toda seria con tacones y carpeta negra al brazo y a cada paso su pelo se agita siguiendo un patrón parecido al de los tentaculillos de una medusa que vuela por el agua,... son cosillas que tienen magia y uno no es de piedra.
Por el pasadizo subterráneo de azulejos blancos y azules que conduce al andén, la gente me adelanta apresurada porque han oído el tren y no quieren perderlo. Yo, no sólo no corro sino que Antonin Dvořák me detiene. Su nombre está en un anuncio, y casualmente llevo en la mano una bolsa de Yunke Discos que contiene la novena sinfonía de este sujeto. Seis euros, no creo que vaya pero estaría bien… Al doblar la esquina aparece el andén, y para mi sorpresa el tren sigue ahí, esperándome con las puertas abiertas. Los que me adelantaron seguramente están ya agarrados a alguna barra, en uno de estos vagones próximos a la entrada del andén. Con andares calmosos me acerco al tren, el paso se vuelve casi más lento, todo para demostrarles o para demostrarme que soy más libre, o quizás simplemente para no perder el estilo ahora que el andén es el escenario, yo el único actor, y el público contempla desde sus vagones cargados de silencios. Entro tranquilamente, como si no supiera que estaban todos conspirando. Sin rencores. Suena el silbato y se cierran las puertas, y vuelve la sonrisa a cuento de ya no sé…
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