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La primera autofelación fotografiada

Una de las primeras cosas que tenía que hacer después de haberme instalado en Madrid, era actualizar mis datos del INEM dando parte de mi cambio de domicilio. No fue hasta hace unos días que tuve por fin una mañana libre y la dediqué a esto. Mientras esperaba mi turno llamé a Enrique Villalba, un amigo de Barcelona, a ver si estaba libre el viernes para hacerle una visita. Me había dicho que él podía hablarme bastante sobre Tadeusz Tatarkiewicz; pero no habíamos podido citarnos antes porque ambos andábamos bastante ocupados.

Así que le llamé, como digo, y me dijo que viniera al día siguiente, que me había reservado una entrada para 2666, la ópera basada en la novela homónima de Roberto Bolaño. Le dije que Bolaño me encantaba, pero que aun no había leído 2666 porque era muy cara, y no sabía si era buena idea ver la ópera antes de leer el libro. No tiene sentido lo que dices, leer no cuesta dinero. Ya, dije, pero así me leí Los detectives salvajes, prestado de una biblioteca, y ahora echo en falta todas las anotaciones que dejé en los márgenes. ¿Qué biblioteca? dijo. La James Hardiman Library, de la Universidad Nacional de Irlanda, en Galway. Entonces me propuso ir juntos a Galway, tomar prestado el libro, y volvernos a España. Dijo que él pagaba el vuelo, y que aquello no era robar, era tomar prestado por un tiempo indefinido, por lo menos hasta que mi situación económica mejorara considerablemente y alcanzara cierta estabilidad reconfortante. Le dije que la única manera de sacar un libro de allí era teniendo carné de estudiante de la NUIG, cosa que yo ya no tenía, y respondió que nos encargaríamos de eso en su momento, que la ópera podría verla y que no importaba si no había leído 2666.

Al día siguiente, después de la ópera, nos fuimos a tomar unos vinos.

—A Tadeusz Tatarkiewicz lo adoptó un orfanato, luego lo adoptó la calle, y finalmente el circo. En el circo encontró a su verdadera familia. El orfanato era una dictadura católica para el espíritu precoz de Tadeusz, con 11 años ya deambulaba las calles ganándose la vida deshonestamente; la calle estuvo bien por un tiempo pero él presentía algo que le diferenciaba del resto del hampa, y un día el Cirque Magique International apareció en la ciudad y al cabo de una semana se marcharía con Tadeusz. Tenía entonces 14 años. Si fue un secuestro o una adopción, eso no importa, Tadeusz era joven y tenía sed de camino y quería huir, quizá fue él quien utilizó al Circo.

Un momento, todo esto suena muy literario, ¿no te lo estarás inventando?

—¿Eso qué importa? ¿Quieres seguir oyendo o no?

—Sí, pero... vamos a ver, ¿cómo entra Ernest Herron en todo esto?

—Eso viene mucho después. Te has ido ya casi al final de la historia. Sería el año 1860. A Tadeusz le llegaron unas postales pornográficas de mujeres. Se puso la gabardina de detective y siguió las migas de pan que las postales habían dejado por su camino, hasta llegar a Ernest, el fotógrafo, y entonces le propuso la foto.

—¿Entonces es cierto? ¿Sólo le tomó una foto?

—Bueno, sólo se conoce una foto, de la cual como sabes pocas copias quedan.

Poco después pasamos por su casa, y me mostró la foto sin dármela en las manos. Una foto pequeñita, ahí estaba Tadeusz Tatarkiewicz. Me pasó por la cabeza un viejo libro de yoga de mi padre, cuyas últimas páginas mostraban fotos en blanco y negro de personas serias adoptando posturas extrañas. Las vertebras del polaco punzaban la piel hacia fuera, y sus nuca rapada se escondía entre sus piernas desnudas. Sus pies me hicieron pensar en la playa, recordé que sus pies podían ser cualesquiera de los asquerosos pies que andaban la playa en verano. Mi visión cambió bruscamente. Mario buscaba fama, tenía esa pequeña habilidad con la que podía lamerse su propio pene, y fue a buscar a un fotógrafo para que enseñara al mundo lo que era capaz de hacer. Sus pies olían a vanidad y borraban cualquier atisbo de divinidad en su persona. Hizo de algo poético, un producto comercial.

—No entiendo ¿Qué esperabas? No estábamos hablando de un líder religioso, ni de un escritor. Y aún así.

—Ya... No sé. Soy tonto.

Enrique sacó un libro de su biblioteca personal y se sentó a pasar páginas. No sabía si estaba buscando algo que me fuera de interés o era un gesto de distanciamiento para pedirme que me fuera.

—Una última pregunta. ¿Qué hacía Tadeusz en el circo? Quiero decir, ¿cuál era su espectáculo? Porque ese no era su espectáculo ¿verdad?

—Bueno, —se detuvo— “ese” no era su espectáculo “oficial”. Algunos dicen que tenía su propio show, una colección de elementos erótico-bizarros, que funcionaba de forma clandestina. Su papel en el circo, sin embargo, era de payaso regular. Hacía un poco de todo: malabares, alguna acrobacia,... ya sabes. Nada en lo que él fuera protagonista.

Imaginé a Tadeusz, con la cara irreconociblemente maquillada con una sonrisa esperpéntica, corriendo en uniciclo entre 6 payasos más, todos dando vueltas alrededor de un tipo que pone la cabeza bazo el pie de un elefante asiático. Lo imaginé triste detrás de esa sonrisa anónima, como alguien del público que, entre las carcajadas que ocasiona la comedia, empieza a recordar por alguna razón algún pesar de la infancia. Luego el payaso volvería a su camerino, pero no, no tenía su propio camerino, como la mujer barbuda, ni su propia jaula como el hombre elefante, tenía que compartir con 6 payasos más, y un montón de enanos. Un día empezaron a llegar fotos pornográficas, y vio que él podía aportar algo.

—Aquí está, lea esto. Ernest Herron. Lea, lea. Ahí. —Me dejó su asiento junto al flexo y leí.

«Un día vino a buscarme alguien del circo y me pidió que le fotografiara. Su intención era puramente narcisista, quería tener una foto de sí mismo, como si fuera alguien poderoso. Cuando le dije mis tarifas, él me dio un precio mayor y me dijo que eso era lo que su retrato costaba. Pensé que no entendió, pero sí entendió, el que no entendía era yo, no sólo no quería pagar por su retrato, sino que además quería cobrar por dejarse fotografiar. Me dijo que sabía que yo hacía fotografías sobre anatomía, que había llegado a mí siguiendo la pista clandestina de algunas de estas fotos, porque había pensado que él podía aportar algo a esta disciplina. Cuando me dijo que tenía el don de la autofelación, acepté el precio que sugirió él y le cité para el día siguiente. Al día siguiente, por supuesto, propuso un precio mayor.»[1]

Ahora, mientras leía el párrafo por segunda vez, y Enrique permanecía inmóvil me pregunté si su postura significaba una educada invitación a que me fuera, o simplemente estaría esperando a que terminara de leer aquello para reocupar su asiento.

—Me pregunto de dónde sacaría Ernest la idea de que el propósito de Tadeusz era puramente narcisista. Es decir,… por lo que cuenta, más bien parecería que lo que Mario quería era dinero.

—Bah, no le des vueltas a eso.

Por un momento la imagen de Tadeusz, regateando precios con Ernest, me hizo pensar en el Gato con Botas, y me abstraí de tal manera que Enrique se cansó y me invitó a marcharme.

Por ahora no he descubierto qué fue de Tadeusz. También tengo que mirar si podría considerarse como la primera foto de pornografía homosexual. En cualquier caso todo apunta a que la foto no supuso para Tadeusz más que un puñado de dinero que gastaría tan rápidamente como ganó; no hubo un antes y un después en su vida, sino que siguió en el circo totalmente ajeno al circular de las copias de su imagen. He oído rumores de que puede verse en la película Freaks (1932, Tod Browning), conocida en España como La parada de los monstruos, y en América como Fenómenos. Otros dudan que siguiera vivo por ese entonces.


[1] HERRON, Ernest: Fotografía y anatomía; Fotografie et anatomie (1872), Editorial Vaticano

 

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