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Promiscuidad sexual subterránea

La noticia de la que ya todos han oído hablar, —y que en cierto modo es un caso más en que la ciencia corrobora algo que ha sido siempre sabiduría popular o animal—; esta noticia, digo, la oí yo por primera vez en una curiosa situación.

Estación de metro de Avenida América, la gente va inundando el andén de la línea 6. Muchos miran la pantalla dispuesta para el entretenimiento de los viajeros. Ahí se mencionan los estudios publicados en la BBC, con un titular que decía algo así como que la promiscuidad se puede ver en la cara. Claro, yo esperaba el gran descubrimiento del siglo, ¿iban a decir qué características tenía la cara de una mujer que es promiscua? ¿Podría alzar la vista —en ese momento estaba sentado en el banco, cabizbajo, contemplando el balanceo de mi paraguas que cuelga de mi dedo— e identificar automáticamente a las guarrillas, elegir la que más me guste y hacer el amor con ella en una iglesia? Imaginé que todos los varones se pondrían más o menos descaradamente a otear todas esas fachas anónimas en busca de aquellas facciones identificadas como delatoras de promiscuidad sexual. Las mujeres, avergonzadas o queriendo mantener un respetable anonimato de idiosincrasia sexual, se pondrían a mirar el mapa del metro con una gota de sudor cayendo lentamente, se arrimarían unas a otras, asustadas, intentando protegerse, se apresurarían a abrir las páginas de ese periodicucho o best-seller que llevan en sus manos y tratarían de leer, pero si lo tienes al revés tonta. Algunos machos, señalarían a esa individua cuya promiscuidad es evidente, y gritarían "Ja, ja, guarra, guarra, miren, esta tiene que tener el coño ya escocido". Al final las noticias no eran tales, y no desencadenó nada parecido a mis visiones. Las conclusiones del estudio eran, si no mal recuerdo, que las mujeres que se ven más atractivas son las que tienden más a la promiscuidad, y que los hombres más promiscuos son aquellos con mandíbula ancha, nariz grande y ojos pequeños, es decir, facciones “masculinas” reflejo de litros de testosterona. Una vez más, los hombres somos más transparentes que las mujeres. Ay, amigos, somos amebas. También decía el estudio, que las mujeres suelen preferir a los hombres no promiscuos, porque instintivamente buscan a aquellos que se comprometan para ayudar en la crianza de la progenie y tal… Y los promiscuos, los visiblemente machotes, son por ende más proclives a las infidelidades. Y ahí estaba yo, cabizbajo, contemplando mi paraguas, con mis ojos medianos, mi bonita nariz (es de mi madre), y mi mandíbula suave y delicada; me pongo en pie al oír el sonido del tren, y veo a las mujeres oteando disimuladamente, como sólo ellas saben, las caras anónimas en busca de aquellas facciones identificadas como delatoras de compromiso y romanticismo. Cruzo miradas con alguna, me pongo nervioso, tanteo mis bolsillos en busca de frases, me arrepiento de estar leyendo Crimen y castigo porque no es un libro para leer en el metro, por eso sólo llevo un paraguas, uy qué paraguas tan bonito, mira qué bien hecho está, ¿cómo se llamará este material? ¿plástico duro? Unas cuantas mujeres empiezan a acercarse y en pocos segundos me rodean. El tren se detiene y abre sus puertas. Entramos en el vagón yo y ocho féminas, cuando parecía imposible que cupieran tres personas más. Dentro, el olor, como de costumbre es insoportable, en esas situaciones me alegro de tener una altura por encima de la media, o al menos de no ser bajito, y estiro mi cuello hacia arriba para respirar de ese espacio, vacío de humanidad, donde el aire parece menos peor. A duras penas consigo agarrarme con un par de dedillos a uno de los barrotes, donde mil manos más andan sujetas. En fin, pienso, es imposible caerse, la gente te sostiene por uno y otro lado; una sardina enlatada, como suele decirse. De todas formas, siempre es conveniente separar un poco las piernas y posicionarse mirando hacia uno de los flancos del tren, para conseguir un mayor equilibrio. A todo esto, miro los planos y líneas de metro dispuestos para la correcta orientación de los viajeros. En Londres, el metro era mejor, me digo, además aquí tengo que agacharme cada vez que quiero ver a qué estación acabamos de llegar. Pero por otro lado, el metro de Londres era viejo y caro y se llevaba mal con la lluvia. Estación República de Argentina, unos entran otros salen. Redistribución, recolocación, reacoplamiento de cuerpos humanos como piezas de Tetris. Una mujer de dulce cuello y culito respingón, se coloca entre yo y la pared. Veo su cara en el reflejo de la ventana y sospecho que me ha visto mirarle el culillo. Por un momento se pega a mi, porque… ¿va a mirarse el canalillo? no, va a sacar algo de su bolso el cual estaba preso entre ella y la pared. Saca un libro. Compruebo por el reflejo de la ventana que se trata de Los hermanos Karamazov. Su culo sigue pegado a mí. Yo está cómodo, Yo está oprimido con dulzura, puedo imaginar la suavidad de la tela de esa falda, nada que ver con el grueso y barato lino de este pantalón que aprisiona a Yo. Yo está contento y se levanta gritando ¡Aquí estoy yo! Pero Yo está ligeramente ladeado, y desearía tanto ponerse apuntando a mi ombligo, y acoplarse en ese hermoso valle que transpira dulce sudor entre dos montes hechos de amor y azúcar. Además, no hay que olvidar el ligero balanceo de los cuerpos durante el trayecto, esto hace la opresión aún más dulce. Estación Nuevos Ministerios, unos bajan otros suben. Yo sigue subido. Recolocación, reacoplamiento de cuerpos humanos como piezas viejas de puzzle. En estas oleadas, miles de ejemplos de lo que llaman la teoría del caos, reacciones en cadena impredecibles, un hombre sale tarde del trabajo, entra en el metro unos minutos tarde, empuja a una señora, la señora acaba al lado de un señor que huele mal, así que se mueve un poco más para allá, pisa sin querer a un chico de veinte años, el chico mira a una chica después de mirar su pie, la chica se avergüenza y mira hacia otro lado a la vez que levanta la mano para arrascarse una ceja como siempre hace cuando se pone un poco nerviosa, al levantar la mano toca el hombro del señor de al lado que interpreta el tocamiento como una tímida petición de espacio, así que el hombre da un paso más hacia acá, […] y el culito respingón acaba moviéndose 50 cm hacia allá. ¿O es a mí a quien han descolocado? Ay, culito respingón y cuello dulce y novela interesante, nuestro amor es envidiado, nuestra relación es boicoteada por estos seres que se mueven torpemente por el mundo destruyendo toda la belleza frágil. Una mano anónima baja la cremallera, y saca a Yo de su prisión. Olvidé que había más mujeres aquí. ¿Quién es esta mujer que me masturba en la muchedumbre? Da igual, son todas cómplices, no me había dado cuenta, pero son tan complejas, se comunican entre ellas por un lenguaje superior, nosotros no lo entendemos. Ahí están: envidiándose, hablando mal de las amigas, compitiendo siempre entre ellas; pero de repente: se unen, se distribuyen estratégicamente, forman biombos humanos, usan culitos respingones sabiamente, y luego una escogida al azar pone la mano. La mano inocente. No, la picha inocente. Guarras. Eso es lo que quieren, elevarme para luego dejarme caer, vaciarme, derramar el único significado de mi vida animal, y abandonarme. Y yo me dejo, porque soy un chico fácil.

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