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La noche de los muertos vivientes.

En el fondo sabéis que es todo mentira. Sí, suena muy bonito, vamos todos juntos a leer, huy sí, qué bonita es la lectura, la cultura, qué lindas suenan algunas palabras como luna, almohada, libertad y melanóma. Qué grande la fantasía, la imaginación,… Hay que fomentarlo, coño, que todos leamos, que leer es hablar con un mismo para entender a los demás, huy sí. Pero en el fondo, es un truco más, ¿no? El Corte Inglés despliega estanterías en la calle, los curiosos viandantes se arriman a los libros, como perros que se acercan a oler el culo del nuevo perro. En Barcelona, a muchos supongo le han regalado libros que nunca van a leer, o que fingirán haber leído. Mucho mejor regalar una rosa, que sea barata y se marchite pronto. Es todo una excusa más para que consumamos, y mejor si consumimos cosas que luego nos van a consumir, que nos van a mantener entretenidos, como las películas o la televisión del Metro. Eso sí, habremos nos gastado unos eurillos como ellos querían, y entre páginas andaremos entretenidos —también como ellos querían— en mundos de fantasía, realidades paralelas, introspecciones y deleite poético, demasiado entretenidos para darnos cuenta de que somos baterías y empezar a ver columnas de numeritos como el Neo este de Matrix; pero oye, nos sentiremos más cultos, esclavos, pero cultos.

Pero vale, sí, fue bonito, qué bonita es La noche de los libros. Se me saltan las lágrimas, pensando que aún hay esperanza en la Humanidad, la cual yo pensaba muda como su H. Había actividades curiosas e interesantes. Y de todas las actividades oficiales del programa, dos me interesaron más que las otras: una era la tertulia en un café, donde iba a estar Rafael Reig; y la otra era la sonada conferencia de Michel Houellebecq. Además, todas las actuaciones musicales, desde Patti Smith hasta pequeñas bandas desconocidas de jazz, me parecían interesantes en principio.

A la tertulia finalmente no fui, porque empezaba a las cinco y media, y yo cuando miré la hora en el móvil eran ya las seis y aun me encontraba en casa y descalzo. Qué mal, es que el tiempo pasa rapidísimo, sobretodo el tiempo libre. A la conferencia de Houellebecq (¿lo estaré escribiendo correctamente?) sí fui, después de mirar en los mapas de Google dónde se encontraba el número 31 de Alcalá. Cuando llegué a Sol y entré en Alcalá, me di cuenta de que era la primera vez que pasaba por esa parte de Alcalá (es una calle kilométrica), y me pareció no muy fea, por un momento me recordó a la Regent Street de Londres, así curvada y tal, vi una estatua en lo alto de un edificio que creo haber visto en La Comunidad (Alex de la Iglesia, 2000), y cuando llegué al sitio S, me di cuenta de que yo no era el único interesado en ver qué tenía que decir este señor Houellebecq. Había una cola muy larga de gente. Yo con mi bondad me fui a la cola de la cola, y treinta segundos después vino una chica, personal del evento, a decirnos, a los siete últimos individuos de la fila, que nos fuéramos, que no esperáramos, que sería inútil, que toda la gente que había antes de nosotros era más que suficiente para rellenar el espacio adjudicado para la conferencia. Vaya, vaya. Por un momento pensé en quedarme por ahí, esperar, porque a lo mejor alguno se cansaba y se iba a casa, quizás el primero de la fila sufría un ataque al corazón, o una trombosis de tanto esperar y tenía que marcharse, con todos sus amigos, al hospital, o quizás la chica se había equivocado al contar, quizá sí que podía caber uno más, al menos uno más,… Pero bah. Me marché.

Sobre este asunto, se habla aquí, aquí y aquí y aquí. Sobre la tertulia en la que participaron Paula Izquierdo, Manuel de Prada y Rafael Reig, sólo he encontrado un par de párrafos aquí, y es una lástima no encontrar más. Si alguien escribe sobre la tertulia, publicítese aquí. De nada.

Sospecho que muchos de los que pudieron oír a Houellebecq, deben de sentirse privilegiados, supongo que rieron por dentro cuando veían, desde sus adelantadas posiciones en fila y sobre sus doloridos pies, a la chica del staff dispersando grupos de despistados que pensaban —imbéciles— que aún tendrían oportunidad de entrar. Algunos incluso se atreverían a bromear con sus coleguitas. Los dispersados abandonarían su espera por el mismo camino por el que vinieron, pasando cabizbajo y precoces a lo largo de la fila, bajo la mirada altanera, susurros, y risas de los que siguen manteniendo sus posiciones firmes en la fila. Un gafas-de-pasta en la trigésimosegunda posición, mira a los dispersados y se regocija en el mismo placer que, imagina, debe de sentir el tipo poderoso que no, no está en la lista de invitados de esa fiesta genial en el Club Coco Bongo, pero da igual, pase usted porque usted es guapísimo, riquísimo, conocidísimo, y las putas que le escoltan están buenísimas; pero tú no, eh, tú no pases, no estás en la lista, ¡fuera, sucio perro! Tómatelo con calma Billy Bouncer, (palabras acompañadas de una propina de cinco pavos directas al bolsillo de la chaqueta del gorila). Disculpe mis modales señor, es que esta gentuza me saca de quicio… Pero no, zagales, la mayoría no nos fuimos cabizbajos, y después de lo leído, seguro que la conferencia fue grande aburrimiento. Además, seguro que os preguntabais, mientras estabais sentados, ahogados, escuchando al Michel este, seguro que os preguntabais qué estaríamos haciendo los no aceptados, qué buenas cosas podrían estar ocurriendo ahí fuera, en la calle, bajo las nubes, sobre el asfalto, qué cosas maravillosas caerían del cielo sin haber estado nunca impresas en ningún programa de actividades, qué significaba al fin y al cabo venir aquí a escuchar al tipo este al cual no conozco y además tiene cara de enfermo; porque todos conocemos el verdadero significado de la Navidad, pero ¿dónde queda el verdadero significado de La noche de los libros, si en vez de estar hablando de Shakespeare con mis amigos frikis, o leyendo en mi cama, o masturbándome frente al YouPorn después de leer a Henry Miller, en vez de eso estoy aquí en medio de una masa repugnante de esmegma, e hidratos de carbono, donde mi individualidad es suprimida como una hormiga aplastada bajo una bota nazi? (¡!) El iluminado se levanta de su asiento gritando ¡Gerónimooo! y desgarra su camisa con tal violencia que uno de los botones salta hasta la facha anonadada de Houellebecq. Los agentes de seguridad surgen de la oscuridad para reducir a la hormiga iluminada, pero este salta ágilmente, golpeando sin querer algunas cabezas que sin embargo no pueden sino sentir cierta admiración por tal irrupción de libertad. El iluminado huye. Los agentes de seguridad salen detrás de él. La sala de hunde en murmullos, la gente estaba frita por abrir la boca, sin embargo Michel vuelve a la carga, hace algún comentario acerca del percance, un comentario pretendidamente gracioso pero soso, debe ser humor francés, piensa un periodista tonto, y Michel continúa la charla por donde la había dejado. La audiencia en silencio envidia al iluminado, pero nunca lo reconocerán. Algunos se imaginan haciendo lo mismo: ponerse en pie, gritar, descamisarse, correr. Pero no, nunca se atreverán, a lo sumo algún día escribirán una historia sobre algo así. Mientras tanto Michel sigue hablando...

Me alegro de no haber podido acceder a la conferencia, entre otras cosas porque de vuelta a Puerta del Sol, vi a un señor mayor que llevaba a un perro que parecía una fregona, muy gracioso, todo el mundo lo miraba y sonreía. Algunos tomaban fotos. Al llegar a casa, después de comer, seguí con la lectura de Dostoievski, y recordé un pasaje de las primeras páginas, una anécdota del estudiante Raskólnikov, que al leerlo me había recordado una anécdota propia en las últimas páginas de mi vida. Y olvidé totalmente que era La noche de los libros, y que había eventos y actividades y cosas ahí fuera, como ahora que se me ha olvidado que estaba hablando de La noche de los libros y me he puesto a hablar de un perro fregona y tonterías. Qué post más tonto, oye.

La noche de los libros, ahora que lo pienso, a algunos les sonará título de película de terror.

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