Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

Tat twan asi

La contubernal japonesa tiene una bonita historia detrás. Pero resumiendo, como hace ella cuando le preguntan qué está haciendo en Madrid, se puede contar que salió de su país un poco atraída por el carisma europeo, un poco porque no quería vivir en Japón, un poco quizá porque llevaba huir escrito en los genes. Vivió en Londres, cómo no, luego algún año en Australia, luego una corta estancia dinámica en los EUA que le llevó hasta México. Y es aquí, quizá en el DF, quizá haciendo el amor con un gringo en el Desierto de Sonora, o tomando una Margarita en Guerrero Negro, o qué sé yo, pero fue en México donde empezó su

admiración o su interés por lo hispano. Quizá no empezó allí, quizá empezó mucho antes, cuando vio Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), (¿Qué piensan los japoneses viendo películas españolas?), pero tal y como lo cuenta ella parece que no sabía nada de nada de la cultura hispana en su concepto más amplio hasta que llegó a México. Después de ese viaje, se vino pa Madrid, (o Madriz, como dicen los madrileños finolis que al enfatizar esa D de lengua interdental suena como Z; o Madrí que suena más verdadero), se vino pacá sin saber decir na más que hola.

Esta sinopsis de viajes (¿de búsqueda?) nos hace entrever una historia interesante, la presentimos. Además, esta mujer es bien tímida y silenciosa, no la imagino hablando de sus sentimientos o de las verdaderas razones que la mueven, al menos no conmigo… Eso le da aún un punto más interesante. Sobretodo si llega un día y te dice que se va a Salamanca a pasar el fin de semana, y que un amigo suyo viene hoy de México, y que como ella no estará, él puede quedarse en su cama. Le pregunto consciente de que la pongo en un aprieto y de que me va a tachar de curioso metomentodo, que por qué se va a Salamanca estos días que su amigo va a estar aquí, por qué no deja Salamanca para el fin de semana que viene si tantas ganas tiene. Me dice que ya tiene el boleto de bus comprado. Pero las maletas no las tienes preparadas, digo yo. Sí, sí, dice ella.

Después de un largo viaje, un mexicano solitario y cansado emerge de las profundidades de Cuatro Caminos, sumido en un sueño de medianoche ve un Carrefour y un McDonald’s y susurra para sí Europa, güey. Mira a su alrededor, saca el mapa del bolsillo y se dirige a la casa de Yuki.

— No está, se ha ido a Salamanca. Pero entra, entra, no te quedes ahí. Me ha dicho que puedes quedarte en su cama… Parece que vas bastante cargado… Sí, déjalo todo en su habitación, o donde quieras… ¿Quieres algo de beber? ¿Champán? … ¿Cómo? No, no, sólo compartimos piso, ehm, apartamento, no somos novios ni nada así. De hecho somos tres personas aquí. El otro compañero está en Berlín pa una semana…

Resultó ser un tipo interesante. Me dijo que había venido con la idea de viajar por Europa una buena temporada, no sabía dónde acabaría, no sabía si volvería a México, no sabía cuánto iba a durar ese vagar… Pero no quería quedarse aquí, quería luego seguir andando o volando hasta la India. Su meta en la India era algo religioso, dijo que la misma espiritualidad que pueda haber en la India podría encontrarla en un aeropuerto de Canadá, pero que puesto que uno de sus “héroes personales” había nacido allí, le parecía estéticamente obligatorio ir allí al menos una vez, como si fuera su Meca, o una de sus Mecas. Por otro lado, dijo, no se le había ocurrido nada mejor que hacer. El nombre de ese héroe: Ramana Maharshi; me resultaba tremendamente familiar y empecé a sospechar por qué.

Pedro Manuel era de Saltabarranca, cerca de Veracruz. No era de raza blanca, pero tampoco indio. Un poco como yo, pero más tostado, más bajito, ojos indios, y peor olor. Le dije que podía ducharse si quería. La segunda vez que se lo dije me hizo caso y se duchó. Después partí un queso manchego muy rico, de esos que huelen mal, y un poco de jamón, y puse pan en una cestilla, y rebanadas de pan con paté en un plato, y… bueno, comimos bien. Creo que estaba más cansado que nada, pero no puedo resistirse a estas delicias, además le dije que un trago le sentaría bien, y quizá fue la presencia de vino lo que le mantuvo cerca de la mesa. Pronto me preguntó por la música y cuando le dije que me gustaba casi todo tipo de música sacó una armónica del bolsillo y, viendo el entusiasmo que mostré, no necesitó preguntarme si podía tocarla. En algún momento de la noche/madrugada, cuando hablábamos de instrumentos musicales, me reveló que eligió la armónica porque le gustaba hacer cosas grandes con instrumentos pequeños y que estaba acostumbrado a ello, tras lo cual hubo un pequeño silencio en el que no supe cómo interpretar su afirmación. Así que encendí un cigarrillo.

Cuando se fue a la cama revisé mis libros y apuntes y descubrí, efectivamente, que Ramana Maharshi tenía relación con Zhan Djwa.

Zhan Djwa llegó a la India en 1881. Se movía por intuición, por magnetismo, quién sabe. Ya dijo Hermann Hesse, si no mal recuerdo, que dos personas se encuentran si se buscan. En realidad no dijo exactamente eso, mucho menos esas palabras. Pero el caso es que Zhan Djwa llegó a Arunachala sin saber que iba a toparse con quien sería el mayor recipiente de su sabiduría. Ramana Maharshi llevaba un par de años viviendo en Aranuchala y pasaría allí toda su vida pero la presencia de Zhan Djwa cambió algo profundo. Como cuenta Mercedes de Acosta en su Here Lies The Heart (1960) a propósito de Maharshi, la semana que pasó con Zhan Djwa fue probablemente el periodo más intenso, bello y didáctico de toda su vida. (También, el encuentro con Maharshi fue muy significativo para Mercedes de Acosta). Las filosofías de Djwa y Maharshi eran bastante distintas, pues mientras uno tiraba para la tradición Budista (si se puede decir que seguía alguna tradición), el otro era Hindú. Zhan Djwa, en su libro Soy eso, eso soy (1889), una colección de poemas y pequeños ensayos, defiende que en todas las religiones y filosofías hay verdad, dice que Friedrich Nietzsche y la Biblia dan en realidad el mismo mensaje. Se habla casi siempre, dice, de un padre (creador), un hijo (lo creado, es decir: uno mismo y todo), y una fuerza (el amor), tres cosas que son la misma cosa, lo que viene a significar que Todo es Dios, que Yo soy parte de Dios, soy Dios. Dios es aquello que creó, aquello que se creó, y aquello que crea aún. (Recordemos que el Übermensch de Nietzsche sería una persona creativa con un gran amor hacia la humanidad entera como conjunto). Zhan Djwa era efectivamente una persona que andaba de la mano de Dios, es decir, era feliz porque creía en el Amor sobre todas las cosas. Viajaba con una sonrisa, hablaba como los aldeanos analfabetos, e iba dejando siempre un rastro de bienestar y esperanza. Sin embargo, toda la fama que Djwa consiguió, ya fuere como Superhombre o anacoreta, fue por su práctica de la autofelación. Según algunas páginas, podía pasar horas estimulando su miembro oralmente. La definía como un poema corporal, un acto en el que el individuo se ama a sí mismo y con ello ama a la Naturaleza, es decir a Dios.

Al dia siguiente, Pedro Manuel seguía cansado, no había dormido muy bien. No le pregunté si esto era por el jetlag o quizá nervios. Le pregunté sus planes para el día, y me dijo que saldría a andar a ver donde llegaba, y que se llevaría un mapa para saber ubicarse y encontrar el camino de vuelta. Después empezamos a hablar de nuevo de música y tocó la armónica un rato mientras yo cocinaba arroz. Era una diatónica, una Blues Harp de Hohner. Llevaba tocándola un año y lo hacía bastante bien según mi parecer. Me reveló que había estado practicando muchas horas diarias. Le encantaba, dijo, porque tenía algo de religioso aquello. Uno respiraba a través de la armónica, esta se convierte en una segunda boca por la que hay que aprender a hablar, hablar de una forma mucho más bella, así decir cosas que no se pueden decir con las palabras. Uno y armónica son uno, la música surge de ti de forma tan natural como silbar. Le parecía mágico llevar tanta belleza condensada en algo tan simple y pequeño que podía meter en su bolsillo y no sólo no le hacía más pesado su viaje, sino que le hacía flotar o deslizarse suavemente sobre el camino.

El domingo se marchó hacia Granada, ciudad que le recomendé ver más que cualquier otra ciudad europea. Los dos días que ha estado aquí han significado un antes y un después en mi vida: el lunes siguiente me compré una armónica diatónica y dos discos de blues, de Sonny Boy Williamson II y Little Walter. Desde entonces dedico todo mi tiempo libre a aprender a cantar con esta nueva boca, y por eso no he escrito nada últimamente en el blog. Soy armónica.

Tags:
MeneameMeneame | del.icio.us

No hay Comentarios »

Dejar un Comentario


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>